29 nov 2012

La Voz de los Ochenta


``La dictadura no es el dictador, sino
el sistema que la hace necesaria
para prevenir la explosión
de las tensiones políticas y sociales´´
                                                                                                                                   Eduardo Galeano


Todavía se siguen escuchando los gritos y las quejas de un pasado que no ha cerrados las heridas en nuestra sociedad; secuestros, torturas, allanamientos y violaciones a los derechos humanos son parte de un contexto que ya todo latinoamericano conoce y son palabras de un diccionario que solo tiene un nombre.

Creemos que es importante recordar, no olvidar nuestra historia, por eso hemos decidido embarcarnos en un tema que a todos nos compete, la dictadura militar en Latinoamérica, y como sabemos que es un tema muy amplio vamos a focalizar nuestro análisis un poco y vamos a ubicarnos en un país en particular: la dictadura chilena, la que dejo miles de problemas dentro de una sociedad que hasta el día de hoy los vive, tanto económicos como sociales.

Para reflejar un poco este análisis tomaremos como material de estudio un elemento que conmovió a la sociedad chilena. Nos referimos a la serie televisiva “Los 80”, que refleja a su modo todas las características que posee una dictadura, pero en particular se encaja en el cotidiano de una familia, y  trata de aterrizar todos los problemas que la dictadura trajo a la sociedad chilena, en un hogar de clase media. En la serie se reflejan las protestas sociales, estudiantiles, los problemas económicos que la dictadura conlleva tanto a la sociedad como a la familia en particular, enfrentamientos y las decisiones que en momentos de apuros se deben tomar. Entendiendo también como un suceso que se muestra en una sola familia pero que ha sucedido en muchas. Es por eso que decidimos analizar esta serie y  comentar un poco de que se trata, ya que tuvo un gran auge dentro del pueblo chileno, con una gran aceptación en algunos sectores como disgustos en otros y abrió nuevamente la puerta para nuevos debates y análisis.


Juan Diego Blanco

Los 80, capítulo 1

28 nov 2012

Memoria en la pantalla chica


“Con imaginación y astucia, siempre es posible ir abriendo fisuras en los muros de la ciudadela que nos condena a la incomunicación y nos hace difícil o imposible el acceso a las multitudes”
Eduardo Galeano



Desde la invasión española los pueblos latinoamericanos han visto su historia bañada en sangre, saqueo y opresión. En la historia reciente, las dictaduras latinoamericanas llenaron de sombra el sur del continente y pretendieron apagar millones de fuegos que brillaban aquí. Esta matanza a gran escala, que sigue siendo el pan de cada día en algunos países pretende cortar las flores y así evitar la primavera, sin embargo cada grito en tortura, cada desaparición, cada injusticia y cada lágrima de dolor ha sido elemento fortalecedor del pueblo, que a pesar del enorme sufrimiento sigue caminando para delante y con fuerza.
Aunque las balas hieren al cuerpo, la memoria permanece, con esfuerzo, intacta; el miedo no ha logrado el olvido y los golpes no consiguen silenciar los dolores y los gritos por la justicia y la libertad. “A la opresión, el saqueo y el abandono nuestra respuesta es la vida.”[1] Por esto, cada día salen del encierro trozos de memoria en diferentes formas, que de alguna manera nos tocan a cada uno de nosotros, como si fuésemos hermanos de tierras muy lejanas porque, cómo escribió Galeano, ¿No estamos todos hechos, sea cual fuere el color de la piel y la lengua que hablamos, con diversos barros de una misma tierra múltiple?.[2]
Uno de esos trozos de memoria que logró escapar de la cárcel del miedo y el silencio llegó en el 2008 a las pantallas de televisión chilena y permanece hoy muy en alto allí mismo, llegando a consolidarse como el programa de ficción más exitoso actualmente en ese país. “Los 80” es una serie de televisión transmitida actualmente en Chile, en horario estelar, que nos sumerge en la vida de una familia de clase media santiaguina viviendo en tiempos de dictadura.

Esta serie resalta positivamente entre la “variedad” de programación que se encuentra hoy al aire por ir más allá de la lógica que se suele manejar en los contenidos televisivos de cliente y vendedor, la lógica del mercado. La historia que se desarrolla en esta familia es de alguna manera la historia de todos nosotros. Nos vemos en la pantalla, porque es parte de lo que somos. El programa muestra una etapa sangrienta y difícil, que se vivió de manera simultánea en muchos países latinoamericanos, a través de lo cotidiano y por esto alcanza el interior de cada uno de los espectadores, más allá de las posturas políticas o las ideologías.
“Los 80” logra gritar todo aquello que muchos callaron durante años. Nos lleva en un viaje al pasado a través de la estética que maneja. La construcción de la época y el contexto funcionan en lo estilístico, a través de la dirección de fotografía y la cuidada dirección de arte, que apela a los recuerdos literales de los objetos y la cotidianeidad de la época. Pero también esta construcción funciona desde lo argumental, conjugando la vida cotidiana de una familia común con los hechos históricos que se vivieron en la época, como las protestas, el terremoto del 85, o el atentado a Pinochet, entrelazando el día a día de la familia con los acontecimientos sociales. A través de todo un conjunto de elementos narrativos la serie nos lleva a vivir de nuevo la historia junto con los personajes, a destapar la herida que existe debido al silencio y la impunidad después de la dictadura y a través de esto reconocer los hechos, analizarlos y empezar a construir o siquiera volver a soñar con una sociedad diferente, en donde se pueda decidir cómo vivir y cómo morir.


Laura Cárdenas Moreno


[1] García Márquez, Gabriel. La soledad de América Latina, Discurso de aceptación del Premio Nobel, 1982.
[2] Galeano Eduardo. Diez errores o mentiras frecuentes sobre literatura y cultura en América Latina. Nueva sociedad NRO. 56-57, 1989.

Cómo representar una dictadura


La dictadura de Augusto Pinochet, que gobernó Chile desde el violento golpe de Estado el 11 de Septiembre de 1973, hasta marzo de 1991, es considerado uno de los regímenes más sanguinarios y violentos de la historia del siglo XX. Si bien se enmarca entre una cantidad de hasta 10 situaciones simultáneas similares en la región, de todas las dictaduras militares que se dieron en Latinoamérica en la segunda mitad del siglo pasado, es la dictadura chilena la que ha sobresalido, principalmente porque fue la más larga, y especialmente por los niveles de violencia que alcanzó. Pinochet se encargó de llenar el mundo de chilenos en el exilio, que dedicaron sus años a denunciar lo que estaba pasando en su país. Pero mientras la atención se quedó en las desapariciones, torturas, secuestros y asesinatos, la dictadura operaba su verdadera victoria. La derrota a la dictadura chilena se transformó en sacar a Pinochet del poder, para que en Chile ya no se matara más; pero la violencia que las Fuerzas Armadas ejercieron en su régimen, no se quedó solo en las violaciones a los Derechos Humanos. La dictadura chilena fue artífice del primer experimento político, social, y económico, escenario real de la tesis de un grupo de estudiantes chilenos de la Universidad de Chicago, que bajo la tutoría de Milton Freedman, instalaron por primera vez, y en base a una doctrina del shock y el terror, el neoliberalismo. La victoria de la dictadura entonces, se tradujo en su profundo arraigo en la institucionalidad y marco legal chilenos, dejando amarrada incluso una constitución que hasta el día de hoy está intacta. Chile se transformó entonces en el país modelo del sistema capitalista occidental, y la sociedad chilena se transformó en una sociedad de consumo. ¿Cómo se representa esto? ¿Cómo puede el arte explicar estas transformaciones, a un nivel que sea fiel con la realidad?
La serie de televisión “Los 80”, que ya cumple 5 años al aire por televisión abierta, nos narra la historia de una familia de clase media resistiendo los embates de una época convulsionada por la violencia política de la dictadura de Pinochet. Encontramos en esta serie de televisión, una representación sorprendentemente fuerte de la época, con sus desgracias y alegrías, que ha logrado superar las limitaciones del rating y los índices económicos propios del medio, para mantenerse como líder en sintonía, en horario de estelar, y con éxito de crítica. Pero el acierto de “Los 80” no radica en su categoría de éxito televisivo, sino en su capacidad de articularse como universo representador de una herida aún abierta en una sociedad que encontró en ésta su vía de escape para mirarse a sí misma. Su éxito recae en la capacidad que tuvo de conectarse con la realidad que a miles de chilenos, más allá de su grado de militancia o claridad ideológica, les tocó vivir; capacidad que supo aprovechar la vitrina televisiva, pues no es lo mismo hacer una película, con tiempo acotado, que será vista por, a lo sumo, unos miles de espectadores, que hacer una serie televisiva de cinco años, vista por cientos de miles cada domingo por la noche.
Desde el principio, la serie se la jugó por dar esbozos de la situación social y política chilena, acorde a las fechas en las que la historia comienza; el año 82, donde transcurren los capítulos de la primera temporada, estuvo marcado por la grave crisis económica que llevó al régimen militar a comenzar a implementar las reformas necesarias para instalar el nuevo sistema político-económico. El desempleo, las incipientes protestas, las privatizaciones, la llegada de nuevas tecnologías extranjeras y la aparición de los créditos, son algunas de las cosas por las que pasa la familia Herrera en los comienzos de la serie, y que a la vez son los síntomas que experimentó la sociedad en su conjunto, como resultado de los cambios políticos y económicos que se estaban llevando a cabo. La llegada de un televisor como gran alegría para la familia, se contrasta con la súbita pérdida de trabajo del padre de familia, y los posteriores conflictos que tiene al intentar defenderse con su sindicato. La crisis económica es el eje de la primera temporada, y apertura para lo que vendría después.
Durante los años 83 y 84, debido a la grave crisis económica, los chilenos comenzaron de a poco a perder el miedo a los militares, y comenzaron a salir a la calle, comenzando una segunda ola de represión, casi más sanguinaria que la primera; mientras los primeros siete años de la dictadura fueron de desapariciones, secuestros y allanamientos por la noche, y mucho silencio, la década de los ochenta fue de combate en la calle, asesinatos a la luz del día, y muchos enfrentamientos entre civiles y la policía militar. En la serie, la hija mayor, estudiante universitaria, comienza paulatinamente a verse envuelta en las protestas, a las que apoya a pesar de la preocupación de los padres. Es así como comienza una relación con un militante de una organización clandestina llamada el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (brazo armado del Partido Comunista), y se ve envuelta en los devenires del enfrentamiento directo con la dictadura; se van al exilio, separándose de su familia, y cuando ella y su novio vuelven a Chile, ella es secuestrada por un agente de la policía secreta de Pinochet que se había hecho pasar por hermano perdido del padre de la familia, y el novio militante es asesinado. Cuando ella vuelve a su hogar, el agente deja abierta la amenaza de la vigilancia y la represión estatal. Así, durante todo este arco argumental, la serie alcanzó su máximo compromiso con la realidad de la época, al mostrar explícitamente secuestros, allanamientos, enfrentamientos armados, escenas de torturas y asesinatos, todo hábilmente mezclado con las imágenes de archivo característicos de la serie, y articulado con hechos históricos reales.
Paralelamente al desarrollo de la trama, a ese nivel político, la serie nos narra transformaciones más sutiles tanto en las dinámicas sociales, como en las subjetividades de los personajes. Juan Herrera, el padre de familia, trabajador esforzado, nos sirve de ventana para entender cómo la clase trabajadora se desbarató a manos del desempleo, se descabezó políticamente, y quedó a merced de la ola neoliberal. Así, Juan pasa de ser capataz de una fábrica textil, a vendedor en una tienda de ropa, y luego a dueño y administrador de su propia y modesta fábrica de textiles. Los valores del libre mercado instalados en la época, se ven reflejados en el arco argumental del personaje, que en circunstancias de no encontrar trabajo, recurre a la empresa y el comercio, como miles lo hicieron en la época, buscando la forma de salvar la crisis.
La despolitización es otro de los factores en los que la serie acierta. La dictadura atacó no sólo a las orgánicas políticas de izquierda, sino que también al propio ejercicio de la política en lo cotidiano, a través del miedo. Así es como Ana, la madre, cuya preocupación máxima es la seguridad de sus hijos, tiene miedo incluso de mencionar temas políticos. Rehúye los debates, y es reacia a las ideas que su hija tiene. Cuando en la radio aparecen noticias de carácter político, y Claudia, la hija, comienza a tocar el tema, Ana apaga la radio. Y es que ella es víctima también del bombardeo cultural que la dictadura instaló; al cercenar a los artistas populares, comprometidos política y socialmente, los medios de comunicación masivos, cercanos al régimen, abrieron la época de los estelares televisivos, los concursos de belleza, y las bailarinas. Ana, como la mayoría de dueñas de casa, es espectadora de un entramado cultural destinado a despolitizar y desinformar. Pero toda esta imposición tiene su resistencia.
Martín, el segundo hijo, tiene como sueño entrar a la escuela de aviación de la Fuerza Aérea. En los comienzos de la serie, debido a su vocación, tiene ciertas ideas y posturas afines al régimen militar, y por ello discute mucho con su hermana Claudia. Pero debido a un accidente, queda imposibilitado de ser piloto, y cae en una depresión que lo llevaría a acercarse a malas influencias y ambientes turbios. Es en esta misma situación que, de pronto, se encuentra con toda una cultura underground que por sí misma intenta resistir los embates de la dictadura; conoce al grupo “Los Prisioneros”, banda emblemática de la juventud ochentera, cuyas letras de denuncia social son himnos hasta el día de hoy. Martin entonces se involucra en este ambiente, y comienza a ver en carne propia la violencia de la dictadura, cuando comienza a trabajar de camarógrafo en un canal independiente que envía material fílmico al extranjero. Este arco argumental nos presenta a una juventud que se negó a alimentarse de la cultura impuesta, y comenzó a generar los focos de resistencia que estallarían en los años venideros.
La dictadura chilena se acabó cuando Pinochet decidió volver a legalizar a los partidos políticos opositores, con excepción del Partido Comunista, y juntos convocar a un plebiscito donde se decidiría si él seguía en el gobierno o no. La sociedad entera se volcó a votar que No, y Pinochet entregó el mando al presidente siguiente, comenzando la “transición a la democracia”. La dictadura chilena, así, perdió en las urnas, pero ganó en todo lo demás, pues este final pactado fue el acuerdo que necesitaba la derecha para poder consolidar los cambios políticos e institucionales que la dictadura fraguó durante los ochenta. Hasta el día de hoy, la constitución y el marco legal que Pinochet instaló hasta el último día de su régimen, siguen vigentes. La sociedad chilena, tal como lo es hoy, es producto de este régimen, y de su legado. El gran valor que tiene “Los 80”, es haber sido capaz de imponerse por sobre lógicas del negocio, y lanzarse a mostrar una época tal cual lo fue: sin caer en el lugar común de poner a la lucha contra la dictadura como un enfrentamiento entre el bien y el mal, y sin caer tampoco en la omisión de la situación política, reduciéndose a una telenovela de nostalgia generacional, fue capaz de conjugar todos los niveles de la violencia pinochetista, en una sola familia, que los enfrenta con la fuerza que la sociedad chilena enfrento a la dictadura durante 17 años. Todo esto, en horario estelar, y con el más alto rating, prueba de que los chilenos no sólo ven una serie, sino que ven un espejo, y por lo tanto en el fondo, adentro de la sociedad de consumo instalada, hay resistencia también.


Rafael Rodríguez Parra

Un tiempo bajo la tierra

He enterrado tantos libros, discos y agendas
Que ya no recuerdo, donde están
He enterrado recuerdos y toda mi vida
Me he quedado en la sombra

Me he tapado con los arbustos del jardín
Para que mi alma no florezca y tratar de ser uno más

Me mantengo en el tiempo, ahora no existo y mañana no sé
Ya no pregunto, ya no opino, ni siquiera puedo militar
Soy un trapo que quedó tirado o guardado en algún placard
Ya no tengo nombre, pues también lo enterré
Me he ido y he vuelto, me han matado y he resucitado

Yo sé que me andan buscando
Quieren enterrarme junto a mis cosas
Pero yo ya estoy enterrado
Es solo mi cuerpo el que anda dando vueltas, resistiendo
Porque mi alma ya se fue y mis sueños también
Es solo una fachada porque lo que está adentro no puede salir.




Juan Diego Blanco

No te conformes con mirar


Antonio recorría la Alameda todas las tardes en micro. Vivía en Vitacura, y su colegio quedaba en el centro mismo de Santiago de Chile. Toño, como le decían los amigos, gustaba de la música, y del fútbol. Tenía quince años, y el tiempo que le tocó vivir está lleno de carteles de neón, publicidad, reality shows y celulares de última generación. Era el bicentenario de la independencia de Chile, y el colegio se ponía cada vez más aburrido con las actividades de las clases de historia. Él y un compañero debían exponer sobre alguna época de la historia de Chile. Y su amigo, que era mucho más aplicado que Toño, y que a diferencia de éste, gustaba de la historia, escogió la década de los ochenta. Sin mayor interés, Toño recibió de manos de su amigo, un reproductor de mp3 con música de una banda de la época.
En la micro, de vuelta a casa, Toño escuchó las canciones. La primera comenzó cantándole que algo grande estaba naciendo en la década de los ochenta. Hablaba de hippies y punks, de comercialización, y de que el mundo necesita sangre latina, roja, furiosa, adolescente. A Toño le sorprendió; no se parecía en nada a la electrónica y el reggaeton que estaba acostumbrado a bailar los fines de semana. Ya viene la fuerza, la voz de los ochenta, cantaba el coro. Sin notarlo, el pie de Toño se movía al ritmo de la batería. Mientras llegaba a casa, los versos le contaban a Toño que Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos. De inmediato, en su notebook, entró a Google y escribió “Los Prisioneros”.
Antonio pasó la tarde leyendo sobre la banda, y escuchando las canciones que fueron banda sonora de una época desconocida para él. Creció en una familia acomodada, que nunca conoció la miseria y la pobreza; pero de pronto, Antonio se encontró leyendo cosas que ocurrieron en su país, en el mismo lugar donde nació y creció. Historias de muerte, de torturas, de asesinatos y de desapariciones. Aviones bombardeando la Casa de Gobierno, y diecisiete años de dictadura. Política, aquello de lo que a veces hablaban sus padres, con el ceño fruncido. Política, aquello que hacía que algunos compañeros se pusieran a discutir entre clase y clase, mientras él prefería jugar a la pelota. Aquella cosa que él no entendía bien qué era, pero que en ese momento le parecía que tenía que ver con todo, con su vida, con su familia. Porqué los ricos tienen derecho a pasarlo tan bien, si son tan imbéciles como los pobres, decía otra canción, mientras él pensaba en sus padres, todos los días sentados en la mesa, mientras no se molestaban en mirar a María, la criada que les servía la cena con rostro cansado.
Antonio se juntó al otro día con su amigo. Entonces conversaron sobre el trabajo, y a Toño se le abrió todo un mundo que no conocía. Su amigo, Víctor, le contó que sus padres habían sufrido los embates de la dictadura en carne propia. Le contó que eran comunistas, aunque Antonio no sabía muy bien qué significaba eso.  Entonces esa noche, en casa, le preguntó a su padre.
-¿Comunistas? Son la basura de la que nos libró el ejército.
Antonio escuchó a su padre hablar de los gloriosa época en que Pinochet gobernó Chile, durante diecisiete años, liberando al país del yugo marxista. Los años en que él se llenó los bolsillos con las privatizaciones, y pudo amasar la fortuna que ahora le daba de comer. Los años en que la economía se neoliberalizó, y achicó al Estado a lo más mínimo, para que no estorbara en la libertad individual de las personas. Sin entender mucho esas cosas, Antonio se fue a la cama pensando en lo que su padre y su amigo le contaban. Mientas reflexionaba, escuchaba Los Prisioneros, y se imaginaba a algún joven de quince años, que durante los ochenta se escapaba de su casa, evadía el estado de sitio, y entraba a un galpón lleno de jóvenes como él, a escuchar a Los Prisioneros en vivo, aunque significara arriesgarse a ser descubierto por los militares. En plena edad del plástico, seremos fuerza, seremos cambio, cantaban Los Prisioneros. Antonio se avergonzó un poco de lo que pensaba su papá, pero se sintió feliz, porque sabía un poco más de lo que sabía el día anterior, y al día siguiente seguiría aprendiendo las cosas que pasaron en esa época, y si quizás se animaba, podría hacer algo para enmendar el daño que gente como su padre hicieron a gente como los padres de Víctor, o su criada. Después de todo, no te conformes con mirar, cantaban Los Prisioneros; tu rol es estelar, tienes la fuerza, eres actor principal, de las entrañas de nuestras ciudades surge la piel que vestirá al mundo.




Rafael Rodríguez Parra