28 nov 2012

No te conformes con mirar


Antonio recorría la Alameda todas las tardes en micro. Vivía en Vitacura, y su colegio quedaba en el centro mismo de Santiago de Chile. Toño, como le decían los amigos, gustaba de la música, y del fútbol. Tenía quince años, y el tiempo que le tocó vivir está lleno de carteles de neón, publicidad, reality shows y celulares de última generación. Era el bicentenario de la independencia de Chile, y el colegio se ponía cada vez más aburrido con las actividades de las clases de historia. Él y un compañero debían exponer sobre alguna época de la historia de Chile. Y su amigo, que era mucho más aplicado que Toño, y que a diferencia de éste, gustaba de la historia, escogió la década de los ochenta. Sin mayor interés, Toño recibió de manos de su amigo, un reproductor de mp3 con música de una banda de la época.
En la micro, de vuelta a casa, Toño escuchó las canciones. La primera comenzó cantándole que algo grande estaba naciendo en la década de los ochenta. Hablaba de hippies y punks, de comercialización, y de que el mundo necesita sangre latina, roja, furiosa, adolescente. A Toño le sorprendió; no se parecía en nada a la electrónica y el reggaeton que estaba acostumbrado a bailar los fines de semana. Ya viene la fuerza, la voz de los ochenta, cantaba el coro. Sin notarlo, el pie de Toño se movía al ritmo de la batería. Mientras llegaba a casa, los versos le contaban a Toño que Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos. De inmediato, en su notebook, entró a Google y escribió “Los Prisioneros”.
Antonio pasó la tarde leyendo sobre la banda, y escuchando las canciones que fueron banda sonora de una época desconocida para él. Creció en una familia acomodada, que nunca conoció la miseria y la pobreza; pero de pronto, Antonio se encontró leyendo cosas que ocurrieron en su país, en el mismo lugar donde nació y creció. Historias de muerte, de torturas, de asesinatos y de desapariciones. Aviones bombardeando la Casa de Gobierno, y diecisiete años de dictadura. Política, aquello de lo que a veces hablaban sus padres, con el ceño fruncido. Política, aquello que hacía que algunos compañeros se pusieran a discutir entre clase y clase, mientras él prefería jugar a la pelota. Aquella cosa que él no entendía bien qué era, pero que en ese momento le parecía que tenía que ver con todo, con su vida, con su familia. Porqué los ricos tienen derecho a pasarlo tan bien, si son tan imbéciles como los pobres, decía otra canción, mientras él pensaba en sus padres, todos los días sentados en la mesa, mientras no se molestaban en mirar a María, la criada que les servía la cena con rostro cansado.
Antonio se juntó al otro día con su amigo. Entonces conversaron sobre el trabajo, y a Toño se le abrió todo un mundo que no conocía. Su amigo, Víctor, le contó que sus padres habían sufrido los embates de la dictadura en carne propia. Le contó que eran comunistas, aunque Antonio no sabía muy bien qué significaba eso.  Entonces esa noche, en casa, le preguntó a su padre.
-¿Comunistas? Son la basura de la que nos libró el ejército.
Antonio escuchó a su padre hablar de los gloriosa época en que Pinochet gobernó Chile, durante diecisiete años, liberando al país del yugo marxista. Los años en que él se llenó los bolsillos con las privatizaciones, y pudo amasar la fortuna que ahora le daba de comer. Los años en que la economía se neoliberalizó, y achicó al Estado a lo más mínimo, para que no estorbara en la libertad individual de las personas. Sin entender mucho esas cosas, Antonio se fue a la cama pensando en lo que su padre y su amigo le contaban. Mientas reflexionaba, escuchaba Los Prisioneros, y se imaginaba a algún joven de quince años, que durante los ochenta se escapaba de su casa, evadía el estado de sitio, y entraba a un galpón lleno de jóvenes como él, a escuchar a Los Prisioneros en vivo, aunque significara arriesgarse a ser descubierto por los militares. En plena edad del plástico, seremos fuerza, seremos cambio, cantaban Los Prisioneros. Antonio se avergonzó un poco de lo que pensaba su papá, pero se sintió feliz, porque sabía un poco más de lo que sabía el día anterior, y al día siguiente seguiría aprendiendo las cosas que pasaron en esa época, y si quizás se animaba, podría hacer algo para enmendar el daño que gente como su padre hicieron a gente como los padres de Víctor, o su criada. Después de todo, no te conformes con mirar, cantaban Los Prisioneros; tu rol es estelar, tienes la fuerza, eres actor principal, de las entrañas de nuestras ciudades surge la piel que vestirá al mundo.




Rafael Rodríguez Parra

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