La dictadura de Augusto Pinochet, que gobernó Chile
desde el violento golpe de Estado el 11 de Septiembre de 1973, hasta marzo de
1991, es considerado uno de los regímenes más sanguinarios y violentos de la
historia del siglo XX. Si bien se enmarca entre una cantidad de hasta 10
situaciones simultáneas similares en la región, de todas las dictaduras
militares que se dieron en Latinoamérica en la segunda mitad del siglo pasado,
es la dictadura chilena la que ha sobresalido, principalmente porque fue la más
larga, y especialmente por los niveles de violencia que alcanzó. Pinochet se
encargó de llenar el mundo de chilenos en el exilio, que dedicaron sus años a
denunciar lo que estaba pasando en su país. Pero mientras la atención se quedó
en las desapariciones, torturas, secuestros y asesinatos, la dictadura operaba
su verdadera victoria. La derrota a la dictadura chilena se transformó en sacar
a Pinochet del poder, para que en Chile ya no se matara más; pero la violencia
que las Fuerzas Armadas ejercieron en su régimen, no se quedó solo en las
violaciones a los Derechos Humanos. La dictadura chilena fue artífice del
primer experimento político, social, y económico, escenario real de la tesis de
un grupo de estudiantes chilenos de la Universidad de Chicago, que bajo la
tutoría de Milton Freedman, instalaron por primera vez, y en base a una
doctrina del shock y el terror, el neoliberalismo. La victoria de la dictadura
entonces, se tradujo en su profundo arraigo en la institucionalidad y marco
legal chilenos, dejando amarrada incluso una constitución que hasta el día de
hoy está intacta. Chile se transformó entonces en el país modelo del sistema
capitalista occidental, y la sociedad chilena se transformó en una sociedad de
consumo. ¿Cómo se representa esto? ¿Cómo puede el arte explicar estas
transformaciones, a un nivel que sea fiel con la realidad?
La serie de televisión “Los 80”, que ya cumple 5 años
al aire por televisión abierta, nos narra la historia de una familia de clase
media resistiendo los embates de una época convulsionada por la violencia
política de la dictadura de Pinochet. Encontramos en esta serie de televisión,
una representación sorprendentemente fuerte de la época, con sus desgracias y
alegrías, que ha logrado superar las limitaciones del rating y los índices
económicos propios del medio, para mantenerse como líder en sintonía, en
horario de estelar, y con éxito de crítica. Pero el acierto de “Los 80” no
radica en su categoría de éxito televisivo, sino en su capacidad de articularse
como universo representador de una herida aún abierta en una sociedad que
encontró en ésta su vía de escape para mirarse a sí misma. Su éxito recae en la
capacidad que tuvo de conectarse con la realidad que a miles de chilenos, más
allá de su grado de militancia o claridad ideológica, les tocó vivir; capacidad
que supo aprovechar la vitrina televisiva, pues no es lo mismo hacer una
película, con tiempo acotado, que será vista por, a lo sumo, unos miles de
espectadores, que hacer una serie televisiva de cinco años, vista por cientos
de miles cada domingo por la noche.
Desde el principio, la serie se la jugó por dar
esbozos de la situación social y política chilena, acorde a las fechas en las
que la historia comienza; el año 82, donde transcurren los capítulos de la
primera temporada, estuvo marcado por la grave crisis económica que llevó al
régimen militar a comenzar a implementar las reformas necesarias para instalar
el nuevo sistema político-económico. El desempleo, las incipientes protestas, las
privatizaciones, la llegada de nuevas tecnologías extranjeras y la aparición de
los créditos, son algunas de las cosas por las que pasa la familia Herrera en
los comienzos de la serie, y que a la vez son los síntomas que experimentó la
sociedad en su conjunto, como resultado de los cambios políticos y económicos
que se estaban llevando a cabo. La llegada de un televisor como gran alegría
para la familia, se contrasta con la súbita pérdida de trabajo del padre de
familia, y los posteriores conflictos que tiene al intentar defenderse con su
sindicato. La crisis económica es el eje de la primera temporada, y apertura
para lo que vendría después.
Durante los años 83 y 84, debido a la grave crisis
económica, los chilenos comenzaron de a poco a perder el miedo a los militares,
y comenzaron a salir a la calle, comenzando una segunda ola de represión, casi
más sanguinaria que la primera; mientras los primeros siete años de la
dictadura fueron de desapariciones, secuestros y allanamientos por la noche, y
mucho silencio, la década de los ochenta fue de combate en la calle, asesinatos
a la luz del día, y muchos enfrentamientos entre civiles y la policía militar.
En la serie, la hija mayor, estudiante universitaria, comienza paulatinamente a
verse envuelta en las protestas, a las que apoya a pesar de la preocupación de
los padres. Es así como comienza una relación con un militante de una
organización clandestina llamada el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (brazo
armado del Partido Comunista), y se ve envuelta en los devenires del
enfrentamiento directo con la dictadura; se van al exilio, separándose de su
familia, y cuando ella y su novio vuelven a Chile, ella es secuestrada por un
agente de la policía secreta de Pinochet que se había hecho pasar por hermano
perdido del padre de la familia, y el novio militante es asesinado. Cuando ella
vuelve a su hogar, el agente deja abierta la amenaza de la vigilancia y la
represión estatal. Así, durante todo este arco argumental, la serie alcanzó su
máximo compromiso con la realidad de la época, al mostrar explícitamente
secuestros, allanamientos, enfrentamientos armados, escenas de torturas y
asesinatos, todo hábilmente mezclado con las imágenes de archivo
característicos de la serie, y articulado con hechos históricos reales.
Paralelamente al desarrollo de la trama, a ese nivel
político, la serie nos narra transformaciones más sutiles tanto en las
dinámicas sociales, como en las subjetividades de los personajes. Juan Herrera,
el padre de familia, trabajador esforzado, nos sirve de ventana para entender
cómo la clase trabajadora se desbarató a manos del desempleo, se descabezó
políticamente, y quedó a merced de la ola neoliberal. Así, Juan pasa de ser
capataz de una fábrica textil, a vendedor en una tienda de ropa, y luego a
dueño y administrador de su propia y modesta fábrica de textiles. Los valores
del libre mercado instalados en la época, se ven reflejados en el arco
argumental del personaje, que en circunstancias de no encontrar trabajo,
recurre a la empresa y el comercio, como miles lo hicieron en la época,
buscando la forma de salvar la crisis.
La despolitización es otro de los factores en los que
la serie acierta. La dictadura atacó no sólo a las orgánicas políticas de
izquierda, sino que también al propio ejercicio de la política en lo cotidiano,
a través del miedo. Así es como Ana, la madre, cuya preocupación máxima es la
seguridad de sus hijos, tiene miedo incluso de mencionar temas políticos.
Rehúye los debates, y es reacia a las ideas que su hija tiene. Cuando en la
radio aparecen noticias de carácter político, y Claudia, la hija, comienza a
tocar el tema, Ana apaga la radio. Y es que ella es víctima también del
bombardeo cultural que la dictadura instaló; al cercenar a los artistas
populares, comprometidos política y socialmente, los medios de comunicación
masivos, cercanos al régimen, abrieron la época de los estelares televisivos,
los concursos de belleza, y las bailarinas. Ana, como la mayoría de dueñas de
casa, es espectadora de un entramado cultural destinado a despolitizar y
desinformar. Pero toda esta imposición tiene su resistencia.
Martín, el segundo hijo, tiene como sueño entrar a la
escuela de aviación de la Fuerza Aérea. En los comienzos de la serie, debido a
su vocación, tiene ciertas ideas y posturas afines al régimen militar, y por
ello discute mucho con su hermana Claudia. Pero debido a un accidente, queda
imposibilitado de ser piloto, y cae en una depresión que lo llevaría a
acercarse a malas influencias y ambientes turbios. Es en esta misma situación
que, de pronto, se encuentra con toda una cultura underground que por sí misma
intenta resistir los embates de la dictadura; conoce al grupo “Los
Prisioneros”, banda emblemática de la juventud ochentera, cuyas letras de
denuncia social son himnos hasta el día de hoy. Martin entonces se involucra en
este ambiente, y comienza a ver en carne propia la violencia de la dictadura,
cuando comienza a trabajar de camarógrafo en un canal independiente que envía
material fílmico al extranjero. Este arco argumental nos presenta a una
juventud que se negó a alimentarse de la cultura impuesta, y comenzó a generar
los focos de resistencia que estallarían en los años venideros.
La dictadura chilena se acabó cuando Pinochet decidió
volver a legalizar a los partidos políticos opositores, con excepción del
Partido Comunista, y juntos convocar a un plebiscito donde se decidiría si él
seguía en el gobierno o no. La sociedad entera se volcó a votar que No, y
Pinochet entregó el mando al presidente siguiente, comenzando la “transición a
la democracia”. La dictadura chilena, así, perdió en las urnas, pero ganó en
todo lo demás, pues este final pactado fue el acuerdo que necesitaba la derecha
para poder consolidar los cambios políticos e institucionales que la dictadura
fraguó durante los ochenta. Hasta el día de hoy, la constitución y el marco
legal que Pinochet instaló hasta el último día de su régimen, siguen vigentes.
La sociedad chilena, tal como lo es hoy, es producto de este régimen, y de su
legado. El gran valor que tiene “Los 80”, es haber sido capaz de imponerse por
sobre lógicas del negocio, y lanzarse a mostrar una época tal cual lo fue: sin
caer en el lugar común de poner a la lucha contra la dictadura como un
enfrentamiento entre el bien y el mal, y sin caer tampoco en la omisión de la
situación política, reduciéndose a una telenovela de nostalgia generacional,
fue capaz de conjugar todos los niveles de la violencia pinochetista, en una
sola familia, que los enfrenta con la fuerza que la sociedad chilena enfrento a
la dictadura durante 17 años. Todo esto, en horario estelar, y con el más alto
rating, prueba de que los chilenos no sólo ven una serie, sino que ven un
espejo, y por lo tanto en el fondo, adentro de la sociedad de consumo
instalada, hay resistencia también.
Rafael Rodríguez Parra